¿Qué es lo que determina el precio de una Coca Cola: el trabajo o la utilidad? Repensando la metáfora de la tijera

La teoría económica de la Economía Moderna enseña que la utilidad y la escasez son los elementos determinantes en la fijación de los precios de mercado. La llamada “revolución marginalista” emprendida por la Escuela Austriaca, con los economistas Carl Menger, Eugen Von Böhm-Bawerk y Friedich Von Wieser a la cabeza, sostuvieron con tozudez académica que Smith, Ricardo y Marx (los exponentes de la Economía Clásica) se equivocaron por completo con la teoría del valor-trabajo. Desde entonces repetimos lo mismo que dicen los libros de texto al dar por terminado el debate sobre los precios con el principio de la utilidad y la escasez relegando la teoría del valor-trabajo al museo de las ideas económicas sin que la cuestión nos suscite una sola sensación de curiosidad.  

Contrastemos la teoría con los hechos. ¿Qué determina el precio de una botella de Coca Cola? Según los marginalistas, el precio por cada unidad de bebida gaseosa bajo esta famosa marca vendría a ser determinado por la demanda (los consumidores del producto Coca Cola). Los consumidores compran Coca Cola porque les es “útil”, ya sea porque los mantiene activos o porque simplemente les gusta y la prefieren. El momento clave está en el “margen”, es decir, la “unidad adicional” (de ahí el nombre de escuela “marginalista”). Por cada unidad adicional (por cada botella, por ejemplo, independientemente de la medida) de Coca Cola que se consuma, el bebedor de la gaseosa irá saciando su gusto o preferencia hasta llegar a un punto de saturación donde no querrá más. Si Daniel ingirió 3 botellas de Coca Cola, valoró de menor utilidad la tercera que la primera (es decir, la disfrutó menos), por consiguiente, hubiera estado dispuesto a pagar más por aquella que por la última. Este ingenioso razonamiento se postuló como la ley de la utilidad marginal decreciente.



Por otro lado, el enfoque marginal introdujo con mucho acierto el principio de la escasez. Para los economistas todos los bienes son escasos, puesto que de no ser así, los individuos tendrían acceso a bienes y servicios en cantidades ilimitadas, de manera que no habrían necesidades económicas insatisfechas, mejor dicho, no habría problema económico. Al ser escasos los bienes, los marginalistas enseñaron que el precio se fijará en la última unidad adicional disponible en el mercado al precio determinado que un consumidor esté dispuesto a pagar. De ahí la famosa ley de la demanda. Siempre me he figurado esto como una subasta, donde el postor con la oferta más alta por el “bien escaso” que se está subastando determina el precio de remate.

Estas valoraciones subjetivas tienen razón de ser por el lado de la demanda (desde la lógica de los consumidores). Pero recordemos que no hay consumo sin producción. ¡Producción! Esa palabrita que distingue tanto la Ciencia Económica y sobre la que tan profusamente escribieron los clásicos. Cuando hablamos de producción hablamos por el lado de la oferta. Los clásicos hicieron ver que la producción de bienes y servicios, que a fin de cuentas explica el nivel de riqueza de una sociedad, está determinado por el trabajo humano. El trabajo humano como fuente de riqueza fue elevado como principio por Adam Smith. Posteriormente, David Ricardo concluiría que el trabajo humano estaba en función del tiempo (el tiempo sería su medida). Karl Marx por su parte definiría el valor como la cantidad de trabajo socialmente necesario para la fabricación de una mercancía. En resumidas cuentas, para los gigantes del pensamiento económico clásico, la ley del valor precedía la ley del precio y a su vez lo determinaba.  

El trabajo humano es el factor trabajo (L) que se contabiliza como costo laboral en el proceso productivo de cada empresa. Éste va implícito y explicado en la siguiente fórmula general:

PM = CP + B 

Donde:

PM:     Precio de mercado

CP:     Costo de producción

B:        Beneficio

Si las ciencias en general buscan descubrir y enunciar las leyes o principios generales y objetivos de los fenómenos que someten a estudio, porqué damos por superada la teoría del valor-trabajo para darle crédito solamente  al enfoque subjetivo de los marginalistas que se centran exclusivamente en el principio de la soberanía del consumidor. Cada producto Coca Cola no sólo tiene valor porque alguien lo compra o no debido a sus gustos y preferencias, sino porque independientemente de las valoraciones subjetivas (Por ejemplo, las valoraciones de un adicto al producto o de un diabético), aquel tiene objetivamente “trabajo incorporado”. Desde el plan de marketing, pasando por el embotellamiento de la bebida carbonatada, hasta el camión distribuidor que lleva el producto a los comercios que revenderán al consumidor final, el trabajo humano estuvo presente en todas las etapas de su producción. Cada unidad de Coca Cola es la sumatoria de las diferentes clases de trabajos que intervinieron en su producción:

Donde:

UC = L1 + L2 + L3 … Ln

UC: Unidad del producto Coca Cola

L: Clases de trabajo

Ahora bien, ¿acaso pretendo concluir que los marginalistas están totalmente equivocados y hacer ver que la teoría del valor-trabajo de los clásicos explica por sí sola la fijación de los precios de mercado? De ningún modo. La evidencia empírica arrojó las complicaciones y los trastornos que experimentaron aquellos países que planificaron precios basándose solamente en el tiempo medio de trabajo (me refiero al cálculo económico de los regímenes socialistas).  Sin embargo, reabro un debate que parecía cerrado al contrastar los principios de Economía con la realidad. En la vida real, de competencia imperfecta, los bienes no non homogéneos. El consumidor de Coca Cola no sólo gusta y prefiere una bebida carbonatada en general (Pepsi Cola o Kola Shaler) elige el producto Coca Cola, es decir, está influenciado por la oferta (marca, sabor, presentación, publicidad, etc.) que le creó la necesidad o el deseo.   

Si la teoría del valor-trabajo estuviera superada, ¿por qué las empresas hacen todo lo posible para reducir costos y fijar precios competitivos y rentables (de lo contrario mueren)? ¿Cómo explicamos que las mejores Escuelas de Negocios del mundo insisten en la capacitación, el talento y desarrollo humano, la sinergia, la colaboración creativa y el “trabajo en equipo”?  ¿Qué significa que Google cace a los mejores talentos para ofrecer productos con “tecnologías de más valor”? ¿Por qué se ha puesto tan de moda el “agregar valor” al producto en las cadenas de producción y comercialización? “Trabajo” y “valor”, conceptos tan clásicos, siguen siendo del vocabulario del día a día de los agentes económicos.

Acá no tengo la intención de restarle importancia al capital (K) como factor de producción. Pero si vamos más allá, todo capital, físico o financiero (a mi juicio decir capital humano equivale a decir talento humano), no es tal cosa por naturaleza propia. Mientras el ser humano ha existido, el trabajo ha sido una cualidad propia de su naturaleza. El hombre prehistórico que cazó un jabalí, el antiguo que levantó templos o el contemporáneo que manipula su computadora, tienen como común denominador el trabajo humano definido por sus conocimientos, habilidades y destrezas. En cambio, lo que hace que un equipo de uso agrícola sea bien de capital es el trabajo empleado en los insumos y materiales (caucho, metales, plástico, etc.) que se utilizaron para su fabricación con el fin que fuera usado como tal.  Lo que hace que el dinero tenga valor no es el papel moneda en sí, sino su uso convencional respaldado en la producción, es decir, en el trabajo de cientos de miles de personas.  

De modo que, cuando una botella de Coca Cola tiene un precio de C$60 en los anaqueles del supermercado, soy muy escéptico de pensar que dicho precio fue fijado solamente por efectos de utilidad, gustos, preferencias y escasez. Dicha botella de Coca Cola tiene un precio de coste (menor a C$60) independientemente de mis valoraciones subjetivas. Si Say dijo que toda oferta crea su demanda y Keynes la invirtió en el sentido que es la demanda la que crea su oferta, lo cierto es que aparentemente la respuesta más aproximada sobre la determinación de los precios se encuentra en la interacción dinámica entre oferta y demanda.  La respuesta no está en la contradicción de los enfoques sino en su síntesis.

La teoría del valor-trabajo si bien por sí sola no explica la fijación de los precios de mercado, es una premisa económica objetiva que fundamenta no solo el mecanismo de precios sino toda la producción de bienes y servicios. Invito seriamente a repensar la “metáfora de la tijera” atribuida al economista británico Alfred Marshall, el legendario profesor de Economía de Cambridge, Inglaterra. Al ser preguntado sobre la disyuntiva  entre el coste y la utilidad como determinantes de los precios,  el célebre economista de bigote blanco dijo que dicha discusión era como cuando la tijera corta el papel, no se sabe si es la cuchilla de abajo o la de arriba la que hace el corte. Preguntarse por estos temas pareciera quisquilloso, pero así es la curiosidad científica, porque al final de cuentas, alguno que presuma de pragmático dirá que lo importante es que la tijera corte. Sin embargo, retomando el trabajo humano como fuente de valor y riqueza redefiniremos nuestra concepción del enmarañado mundo económico.  


Lic. Marco Aurelio Peña M. 

Estudios Económicos & Sociales Polimates 

marcoaurelio@polimates.org 

@aureli2012

 

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