Últimos momentos de Harvey Wells (parte primera)

        

Memor lacrimarum

Treinta días de vida, es lo que puedo pronosticar para él”. Así, con tono lamentable y desgarrador le informó el señor doctor a la señora Anita Wells, en los pasillos de espera del hospital Salud Integral de la capital Managua, tras que saliera del despacho médico. La señora Anita se sujetó en la pared, no contuvo en derramar sus lágrimas, su sobrino Javier Chamorro y su hija Hayling le abrazaron de sollozo tan profuso; me acerqué muy esquivo, pues me inhibí de abrazarle, ese dolor era ajeno a mí, dolor familiar, dolor de sangre, dolor paterno. Aunque llano, compartí esa tristeza arrebatadora en mi ser; le oí decir a la señora Anita, mientras en llanto se sucedía:

“le queda un mes de vida, no sé qué hacer, le adoro tanto. Me desgarró el alma, ver en las placas que la vascularización de su columna está desintegrada, yace en chingaste, parece el Korn flakes de las mañanas”.

Juro en ese momento, que me abatí, solo aguardé silla y también lloré. Sólo pensaba de pronto que el vaso vertebral con esa erosión, era la causa de que dos meses y medio, el maestro Wells, haya sufrido en su cama, esa tortura permanente de postrarse vegetativo, y que para librarse de ella, debía de depender de la silla de ruedas y de los que le controlábamos el andar.

Fue de pronto que al anochecer, la señora Anita me diría: “mañana nos vamos”. Con tal extrañeza sólo le preguntaba, del por qué. Apenas dimos cuenta que sus días estaban contados, y ya era propicio darle de alta. Y es que dos situaciones se regían, la una que por sugerencia y orden del señor doctor, el paciente ya no requería de auxilios médicos, ya debía de estar a los últimos abrigos hogareños, pues el señor doctor preveía suficiente tiempo para que la celosa muerte no llegara a una sala de hospital. Y la otra, es que el maestro, siempre fue su voluntad de cesar en Jinotega, su cuna toponímica.

Cómo es que la ciencia médica cuando realiza sus valoraciones anatómicas de la materia, en que ésta se está presentando en estado deplorable, lleva consigo augurar plazos contables de vida, si la muerte como virgen orgullosa es atrevida y como reina, le sirve de cortesano el voluble destino. Ay…! el destino, de dos caras figurase a nuestras expensas emocionales, una cara de virtud de esperanza a cumplir casi todo cuanto planeamos, y la otra cara de la traición, traidor letal, que nos hace impotentes y mustios.

Se suponía que la muerte llegaría, máximo a cumplirse los treinta días, decía yo en mi interior taciturno; yo estaba exhausto de toda incertidumbre; me decía lo loco que es, ahora yo darle la bienvenida a la muerte, y ésta no se esperó un mes, sino una semana; traidor el destino que debía ya de consumar lo esperado, y lo convirtió tan inesperado reduciendo el acto de la virgen oscura, en una semana.      

¿Y qué ocurrió en esa semana?

Ya de vuelta al dulce hogar, por naturaleza debimos con intenso cuidado llevar a la cama al maestro, claro que también él se decía estar cansado del viaje. Allí ya estaban su hermano Freddy Wells con sus dos hijas Gina y Frida, hermanas de la señora Anita, estaban presentes su estimable mano derecha Harlan Olivas, el más cercano pupilo de sus enseñanzas por años, el recién llegado primo de éste, con el nombre de Ángel Vega, joven muy atento que se disponía con buena voluntad en ayudarme al socorro intempestivo de harto bregar, estaba allí mi ayuda de servicios, la señora Dora Orozco, quien ya estaba al servicio doméstico y de extra pasó a ser mi asistente en cuestiones de higiene, de atenciones alimenticias y de tratamiento medicinal, no debo olvidar a la vecina del maestro, la doctora Auxiliadora Villalobos, la buena compañera de la que ya he mencionado haber sido para él su guardiana. Sucede que todos hilábamos la misma costura por un varón de cerebro sin par, aquel ennoblecido varón que hizo maestros, el que hablaba de su pueblo precolombino, el acuchillado por aquellos que no le reconocían, el aguijón penetrado en el corazón de sus admiradores y viejos amigos, el anacoreta que pintaba la cerámica, plasmando en ella, la Xinothencalt querida que conoció, el sacerdote de Mixtli, el declamador del seminarista de los ojos negros y los poemas gitanos, y por lengua mía, el último culto sin egolatría, pues nunca negó su paciencia y desnudar su voluntad de enseñar. Ese varón de sangre celtica ancestral, yacía encarnado en su lecho de moribundo, como quien dice, estaría ensayando para su caja mortuoria.

Yo de solícito, nunca debí de dejar de prepararle el yogurt, después de sus píldoras correspondientes a los horarios asignados; caída la alta serenidad de la noche, ya todos debían de retirarse, la señora Dora ya había puesto fin a su jornada con la nueva atención médica recomendada por la enfermería del hospital capitalino, ahora la cama del maestro se encontraba resuelta con una esponja especial de reposo, nuevos instrumentos esterilizadores y el complejo salubre que se optimizó cuando se nos dijo que el paciente debe estar en un ambiente inmune a polvo y moscas. Aquel lecho rodeado de libros, esculturas y cuadros, emanaba humor profiláctico de hospital.     


El autor es poeta, ensayista y declamador                           

                       

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Show Buttons
Hide Buttons