Sociopolítica

La decadencia de las fuerzas liberales nicaragüenses

By 26 noviembre, 2016 enero 28th, 2017 No Comments

A la memoria de Francisco y Manuel Maldonado

El liberalismo en la historia universal moderna ha sido altamente revolucionario. La filosofía política liberal adquirió cuerpo y forma con los planteamientos de Locke, Montesquieu y Rousseau, padres intelectuales de la visión contractualista del Estado, mejor conocida como el contrato social (añádase a Hobbes). Además de la tesis de que un contrato entre todos los miembros y estratos de la sociedad es lo que justifica la autoridad del aparato estatal, los pensadores liberales convergieron en que la separación de poderes (en legislativo, ejecutivo y judicial) equilibraría las contradicciones del acontecer político y frenaría las fuerzas terribles proclives al poder absoluto. Se elevó la libertad del individuo por encima de toda sujeción y coerción que no fuese legal ni legítima.

Así pues, el pensamiento liberal nació como una actitud rebelde contra toda forma de poder despótico. Adam Smith concibió que el mejor de los Gobiernos es que el gobierna menos; Lord Acton sentenció que el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente; Rousseau concluyó que la soberanía es el ejercicio de la voluntad general y Voltaire escribió que aún estando en desacuerdo con las ideas del otro con gusto daría su vida por defender su derecho a expresarlas. Hombres de ideas, pluma y acción, como D’Alembert, Diderot, Holbach, Voltaire y Condorcet hicieron un formidable trabajo para difundir en el siglo de las luces (S. XVIII) las ideas más progresistas a través de la Enciclopedia, un movimiento intelectual de alto impacto cuyos escritos hicieron combustión en el proceso revolucionario francés. Las ideas del liberalismo revolucionario francés influyeron poderosamente en el movimiento independentista de los Estados Unidos de América y de los países indoamericanos que se sublevaron contra la corona británica, española y portuguesa.

El retrato de los Robespierre, Saint-Just, Marat, Dantón, Mirabeu, Madame Roland, Sieyés, Fouché, Talleyrand-Perigord, Napoleón Bonaparte y otros, constituye un valioso tratado de conocimientos y experiencias francesas que resume el cuadro humano del acontecer político, con brillantes aciertos y garrafales errores en la toma y conservación del poder político. Conquistas como la libertad de pensamiento, libertad de culto, libertad de expresión, libertad de empresa, Estado laico, igualdad ante la ley, sufragio universal, soberanía popular, democracia formal y Estado de Derecho, fueron frutos del desarrollo de ideas abstractas y concretas cuya aplicación práctica supuso el derrocamiento de la clase aristocrática del poder y, con ello, el fin del Antiguo Régimen (el origen divino del poder, el contubernio Iglesia-Realeza, la nobleza de cuna, la sociedad estamental, etc.), simbolizado con la tan recordada ejecución de la pareja real Luis XVI y María Antonieta, cuyas cabezas fueron desprendidas al filo de la guillotina.

Entonces, si la concepción liberal del mundo tiene raíces ilustradas, progresistas y revolucionarias, de dimensión histórico-universal, ¿por qué en Nicaragua las denominadas fuerzas liberales se comportan como clases feudales sumidas en la más escandalosa decadencia? ¿Acaso no son capaces los llamados liberales nicaragüenses de asimilar a nivel intelectual y conductual semejante corriente de pensamiento universal? ¿Les es imposible romper las cadenas de un mediocre liberalismo reaccionario, provinciano y conservador?

Además de Jerez, Zelaya, Darío, Zeledón, Sandino y la valiente generación de jóvenes liberales, como Rigoberto López Pérez y Manuel Díaz y Soteloque tomaron la delantera en la lucha contra el régimen militar de los Somoza (dinastía que ensombrece la fenomenología del liberalismo partidario en Nicaragua pues su partido era el liberal nacionalista), son raros y contados los sucesos más recordados de la práctica política liberal nicaragüense que la gente no asocie con los efectos nocivos del cacicazgo y/o caudillaje, la ostentación, el clasicismo, la corrupción, el pactismo, el enriquecimiento ilícito, el desfalco institucional, la malversación de fondos y el saqueo al erario; vicios y maniobras aberrantes que se han conservado en el espíritu de las clases dirigentes nicaragüenses desde la época colonial.

Era lógico pensar que en Nicaragua las denominadas fuerzas liberales perderían el poder sin tener más alternativa que competir por unos cuantos curules. Son los perdedores en la reconfiguración de las paralelas históricas y no se avizoran en el corto plazo cambios que reviertan sus estrepitosas derrotas electorales. Conducidos por líderes de una bestial codicia han sido objetos de un plan maestro hecho y aplicado con fría  mentalidad maquiavélica por su(s) rival(es): divide y vencerás luego pervierte y re-vencerás. Se necesitarían muchos Coloquios de Lippmann para superar su estado actual de escandalosa decadencia y producir políticos de nueva manufactura que capitalicen un estilo de liderazgo de principios, cultura y acción. Los hombres ilustres como Simón Bolívar, Andrés Bello y Francisco Morazán no emergen ahí donde se piensa como conservador, se dice ser liberal y se actúa como caudillo. El sabio socialista José Mujica se parece más a George Washington que cualquier liberal decadente nicaragüense.

El pensamiento liberal en otros países ha evolucionado a su versión moderna: el social liberalismo, corriente política que aboga por el Estado del Bienestar, el desarrollo social, la justicia social y la equidad en la distribución de la riqueza a través de un gasto público estratégico ante los desajustes del mercado. Se trata de una conciencia liberal depurada que se preocupa por las condiciones de vida de los menos afortunados del sistema y se esfuerza por conciliar los intereses de clase. Por el contrario, en Nicaragua las formas camaleónicas de liberalismo decadente se resisten a desaparecer ante la rueda de la historia.

Tener sensaciones oníricas una vez al año con la Revolución Liberal de 1893 mientras los restantes 364 días se es filibustero y aventurero a lo William Walker y Byron Cole no hará que las llamadas fuerzas liberales salgan de su vulgar decadencia mientras en otras partes del mundo el liberalismo progresista e ilustrado es la fórmula del éxito para la toma y conservación del poder político ponderando libertad con equidad. El mundo apenas avanza por algo más que las ideas progresistas de la humanidad que piensa. ¡Las momificadas expresiones del corrompido y camaleónico liberalismo reaccionario, provinciano y conservador, son, a la vez, vectores y síntomas de la escandalosa decadencia de las llamadas fuerzas liberales nicaragüenses!


Lic. Marco Aurelio Peña Morales

Miembro del Área de Humanidades & Ciencias Sociales

marcoaurelio@polimates.com

@MarcoAureli2012

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