Filosofía

El Resurgimiento de la Filosofía

By 23 julio, 2016 septiembre 26th, 2017 No Comments

La Filosofía es el don más rico, más feraz, con que los dioses inmortales dotaron al ser humano” 

Marco Tulio Cicerón, filósofo y orador romano

INTRODUCCIÓN

¿Cuáles fueron los momentos y condiciones que determinaron el nacimiento y florecimiento de lo que llamamos FILOSOFÍA? ¿Es posible su gran resurgimiento como en otros tiempos? O, en cambio, ¿ya no tiene nada nuevo y válido que agregar a las nociones generales sobre la condición humana? Este ensayo tiene como propósito responder estas preguntas planteando la tesis de que la Filosofía periódicamente resurge para darle sentido, luces y verdad a la humanidad sobre las cuestiones fundamentales de su existencia. Para sustentar la tesis planteada en este ensayo se expondrá cómo la Filosofía, en distintos períodos de la historia, ha resurgido como un genuino movimiento sociocultural que ha traído civilización y progreso. Decimos «movimiento sociocultural» para enfatizar cómo la razón filosófica se volvió una práctica generalizada y revolucionaria en la cultura de la sociedad del período dado. Este trabajo solamente aborda 3 movimientos de cardinal importancia: i. La Filosofía en la antigua Grecia; ii. El Renacimiento; y iii. La Ilustración.

Destacaremos la aparición y desarrollo de la actividad científica –porque en nuestros días difícilmente podemos explicar las cosas con exactitud sin auxilio de la CIENCIA– como desenvolvimiento de la actividad filosófica. Habiéndose derivado la una de la otra, la investigación científica ahora hace ósmosis en la razón filosófica a fin de obtener conclusiones válidas sobre el entendimiento de la sociedad y el universo. En la última parte de este trabajo se ponen de relieve algunas notas reflexivas sobre la razón filosófica en la actualidad y en torno al movimiento filosófico en América Latina.

Según el diccionario de la Real Academia Española (RAE), la palabra «resurgimiento» (del latín resurgêre) significa surgir de nuevo, volver a aparecer, volver a la vida, recobrar nuevas fuerzas físicas o morales. Dicha palabra es clave en la sustentación de la tesis de este ensayo por subrayar la continua revitalización del espíritu filosófico como renovación de fuerzas intelectuales y morales. La búsqueda de la verdad a través del conocimiento teórico y práctico fruto de la razón es lo que define el espíritu filosófico del ser humano. De este modo la creación vuelve a la vida merced a su creador para beneficio y grandeza del creador mismo. Ser filósofo por lo general ha sido sinónimo de ser virtuoso o genio. Una vida con virtud y/o genialidad es todo cuanto bueno, grande y noble hemos hecho por nosotros mismos.

En el afán de demostrar la validez de la tesis que se defiende, develaremos una cosa mucho más trascendental: la inclinación del lector juicioso al amor por la sabiduría. Que haya amor por la sabiduría por pensantes que sueñan y buscan hacer de este mundo mejor que el peor de los mundos posibles, explica que la Filosofía ha resurgido, resurge y resurgirá por los siglos de los siglos.

EL ESPLENDOR DE LA RAZÓN: LA FILOSOFÍA EN LA ANTIGUA GRECIA

La producción material que cimentó la civilización helena fue posible gracias a la mano de obra esclava característica del modo esclavista de producción que predominó en la Antigüedad. Desde la servidumbre en las casas aristocráticas hasta los prisioneros de guerra condenados a trabajos forzados, el esclavo se encargó por regla general de las faenas que requerían más trabajo físico y de menor estimación social para que las clases de individuos libres se dedicaran a las actividades improductivas desde el punto de vista material pero provechosas desde el punto de vista intelectual.

La razón universal alcanzó un esplendor sin precedentes con la FILOSOFÍA DE LA ANTIGUA GRECIA cuando la contemplación, el razonamiento y el método se elevaron como facultades del pensamiento humano para descubrir la verdad de las cosas. La razón filosófica superó la retórica elegante pero sin valor de verdad de los filodoxos, sofistas y demás pseudosabios que se jactaban de conocer y explicar los fenómenos a base de simples opiniones, sofismas y paralogismos. Los sofistas –junto a políticos, músicos, poetas y oráculos– controlaban la sabiduría sin que hubiese mayor evolución con respecto a la creencia popular, la superstición y la tradición. In illo tempore aparecieron los filósofos con sus sistemas de principios y doctrinas sobre el pensar, decir y actuar; apóstoles de la verdad; genios y figuras; conocedores de la sabiduría egipcia, persa e india; fundadores de escuelas de pensamiento para la educación de los ciudadanos griegos que deseaban trascender del sentido común.



Tales, Anaximandro, Anaxímenes, Anaxágoras y Arquelao fueron los filósofos más notables que especularon sobre los fenómenos naturales de la tierra y los cielos, antes que el centro de la actividad filosófica pasara de Miletos a Atenas. Sócrates sería quien pondría la Filosofía con los pies sobre la tierra al preocuparse primordialmente por los problemas fundamentales del ser ateniense como ente sociopolítico. Esta transición de una filosofía natural (antecedente de las CC.NN) a una filosofía moral (antecedente de las CC.SS) delinearía ulteriormente la obra de filósofos como Platón, Jenofonte, Fedón, Pirrón, Euclides, Aristipo, Diógenes, Aristóteles, Zenón (de Citiea), entre otros. Por otro lado, Pitágoras sería el primero de una genealogía de pensadores que pasaría por Jenófanes, Parménides, Zenón (de Elea), Leucipo, Demócrito, hasta llegar a Epicuro. No se puede dejar de citar al  incomprendido de su tiempo: Heráclito de Éfeso, llamado el “obscuro”. 

Los filósofos griegos fueron maestros y discípulos de enseñanzas sobre la naturaleza, la medicina, la retórica, la poesía, la moral, la ética, la política, la lógica, las matemáticas, la metafísica y la teología (en el sentido extenso de pensar sobre lo divino). Del quehacer filosófico brotó la actividad científica que vería particularmente en Aristóteles, síntesis del genio antiguo, la primera aplicación conocida del método científico y la organización sistemática de las ciencias. La conquista de Grecia por el imperio macedónico liderado por Alejandro Magno contribuiría en gran manera a que la filosofía aristotélica fuese conocida por aquellos lugares donde el hijo de Filipo fue sometiendo a cuanto pueblo y ejército se le opuso en Occidente y Oriente conocido.

La proliferación de las escuelas de filosofías hizo que Atenas se convirtiera en epicentro filosófico de su tiempo mientras otras naciones como Esparta, erigida sobre las leyes de Licurgo, formaban a sus ciudadanos en la vida militar para la defensa de la confederación griega. Ciudadanos de todas partes migraban a Atenas para educarse con algún famoso filósofo de barba blanca y tupida. El embellecimiento espiritual fue parejo al embellecimiento arquitectónico de Atenas. Se levantaron edificios majestuosos como el Partenón y el Erecteón en la imponente Acrópolis que se elevaba en el horizonte. El pueblo ateniense alcanzó el cenit de su gloria bajo el gobierno de Pericles, quien además de haber sido sabio por ser uno de los más grandes estadistas de la historia, lo fue también por haber elegido a Aspasia, mujer bella y talentosa, como esposa, amante y consejera.

A la postre, Grecia fue conquistada por Roma. Durante el imperio romano sobresalieron célebres amigos de la sabiduría como Hypathia, Lucrecio, Séneca, Epicteto, Amonio Sacas, Plotino y Marco Aurelio. Estos personajes hicieron suyo el patrimonio moral e intelectual de sus antecesores para inmortalizar sus nombres en la historia de la filosofía antes que la cultura grecorromana entrase en declive y el imperio inaugurado por Augusto terminase siendo cristianizado. La Filosofía sería destronada por la Teología y los liceos serían sustituidos por los monasterios. Pasarían más de mil años para que la razón filosófica occidental, elevada sobre un pedestal por los viejos habitantes de la Hélade, volviera a ser motor de progreso y símbolo de civilización.

LA RENOVACIÓN DE LAS ARTES Y LAS CIENCIAS: EL RENACIMIENTO

El viejo Sacro Imperio Romano-Germánico fue fragmentándose en la medida en que fueron apareciendo las Estados nacionales europeos de la Edad Moderna. Mientras el Feudalismo se derrumbaba al tiempo que el avance de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción daban a luz la producción manufacturera, la Europa de los siglos XV y XVI se volvió escenario de un nuevo movimiento literario, artístico y científico: el RENACIMIENTO. Este movimiento de renovación de las ciencias, las artes y las letras fue la negación en su acepción dialéctica de la teología cristiana medieval, la escolástica, el estilo gótico, el espíritu caballeresco y, en resumidas cuentas, de la erudición medieval que había dejado al conocimiento humano sin opción a la heurística y al librepensamiento. El ser renacentista –con Italia, España y Francia a la vanguardiasi bien no produciría escuelas de filosofía ni sistemas filosóficos al estilo griego, hizo implosión sobre la base de premisas filosóficas y tendencias marcadas por el retorno a los clásicos grecorromanos como fuentes de inspiración. Los renacentistas adoptaron un humanismo secular–antropocéntrico y ejercitaron una libertad creadora en lo artístico y científico.

El invento de la imprenta facilitó que las obras del genio antiguo y del genio renacentista fueran conocidas por las clases populares, mientras el grabado apareció como una nueva técnica al servicio del arte. La invención de la brújula, el mejoramiento de las técnicas de navegación y la cada vez más creciente construcción de embarcaciones apropiadas para emprender periplos por el globo terráqueo, fueron algunas de las bases materiales propicias para que el espíritu político de aventura, conquista y expansión de los reinados europeos –de la mano de almirantes, navegantes y exploradores– llegase a descubrir el continente americano. De esta manera la cultura se globalizaría al mundo no europeo. La savia renacentista revitalizó el pensamiento, el estro poético y las artes plásticas con talentos como Leonardo Da Vinci, Torcuato Tasso, Ludovico Ariosto, Giovanni Bocaccio, Miguel Ángel, Rafael, Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, Jorge Manrique, Miguel de Cervantes Saavedra, Miguel de Montaigne, entre otros. Da Vinci suele ser el ícono del espíritu renacentista pues su genio fulguró en la escultura, la pintura, la ingeniería y la arquitectura.

En lo filosófico-científico, Nicolás Copérnico demostró el doble movimiento de la Tierra y su recorrido alrededor del sol. En Inglaterra, Francis Bacon asestó duros golpes al principio de autoridad y la escolástica al proclamar el método experimental y la lógica inductiva como principios epistemológicos necesarios para descubrir la verdad. En Italia, Nicolás Maquiavelo expuso la visión altamente conspirativa de la política y anunció el Estado moderno; mientras tanto, el sacerdote Giordano Bruno murió en la hoguera acusado de hereje por su iglesia al desafiar la escolástica y el dogma sobre la concepción del universo. Por su parte, Galileo Galilei enunció la ley de la caída de los cuerpos teniendo que abjurar luego ante la Inquisición de su defensa acerca del sistema astronómico copernicano (respuesta oportuna para no correr con la misma suerte de su compatriota).

Este renacimiento del saber hizo que el teólogo medieval cayera de su atalaya ante la irrupción del hombre de letras y de ciencia moderno. Por cierto que el poder establecido de la Iglesia Católica Apostólica y Romana entraría en profundas contradicciones que se fueron agravando hasta producirse la Gran Cisma del cristianismo: la Reforma Protestante. Este movimiento fue encabezado por el monje y profesor de filosofía Martin Lutero con el apoyo de gente como Melachton y Camerarius. La memoria de Juan Wyclef, el ejemplo de Tomás Moro y la obra de Erasmo de Rotterdam, alentaron moral e intelectualmente al movimiento reformista que tuvo como líderes religiosos a Juan Calvino en Francia y John Knox en Escocia.

Así pues, el fuego del conocimiento hizo arder todas las nociones tenidas como absolutas e inmutables por siglos. Aunque la época de oro del Renacimiento tuvo su alcance en el tiempo, esta vez no pasarían mil años para que los conceptos continuaran transformándose. En adelante, el binomio Filosofía – Ciencia provocaría casi ininterrumpidamente cambios cualitativos e irreversibles en las concepciones y costumbres de las sociedades modernas. 

EL SIGLO DE LAS LUCES: LA ILUSTRACIÓN

Las viejas relaciones económicas del modo feudal de producción fueron transformándose vertiginosamente hasta que el comercio desplazó a la artesanía como la actividad económica por excelencia. El negociante junto al usurero fueron conformando una  clase social que poco a poco fue ascendiendo en la estructura estamental de la época hasta desafiar a la aristocracia de rancio abolengo: la burguesía. El negociante de la Edad Moderna tendría a su merced la contabilidad de partida doble postulada por Fray Lucas Paschioli para registrar las transacciones de sus negocios. Montchrétien y William Petty aparecieron como precursores de la economía política, mostrando interés por temas como el valor de las mercancías, la circulación del dinero, el comercio y los negocios.

En estos años post–renacentistas René Descartes planteó la duda metódica e inventó la geometría analítica; G. W. Leibniz e Isaac Newton inventaron el cálculo infinitesimal e integral (sin olvidar que el segundo enunció las leyes de la gravitación universal); John Locke –a la par que Baruch Spinoza– disertaron sobre las bases del entendimiento humano, yendo más allá de la lógica aristotélica y escolástica. El invento del telescopio, la máquina para calcular, la balanza hidrostática, el microscopio y  toda suerte de invenciones hicieron que el científico adquiriese un estatus notable en la sociedad. Las academias de ciencias comenzaron a fundarse y la razón fue postulándose como el atributo más potente del ser humano desde que la enaltecieran por primera vez los griegos. La observación, el raciocinio y el trabajo experimental se erigieron en poderosas facultades de un nuevo tipo de individuo que no dejaría de cumplir un rol de bienhechor de la humanidad: el científico.

Las teorías y leyes post–renacentistas llegarían al siglo XVIII con la impronta de las ciencias naturales. Este acervo filosófico–científico sería asimilado por los llamados “ilustrados”, generación que asumiría una inmensa labor de creación y divulgación del conocimiento racionalista. Por tales circunstancias, el siglo XVIII fue llamado el «siglo de las luces» o siglo de la ILUSTRACIÓN. Fue una época que vio un cenáculo de pensadores irradiando luces en los diferentes campos del saber humano cada vez más especializados. Francia en particular fue el epicentro intelectual que tuvo al movimiento enciclopedista como principal fuerza progresista. La «Enciclopedia» fue la iniciativa de escritores y filósofos franceses como Diderot, D’Alembert, Voltaire, el barón de Holbach, Helvecio, Bayle, Condillac, Condorcet, Fontenelle y otros, quienes divulgaron con los medios a su alcance los adelantos más significativos en las ciencias, las artes y las letras.

En el país galo, las obras de J. J. Rousseau lo enemistaron –al igual que a la mayoría de los pensadores de la época– con la monarquía francesa y la Iglesia Católica por su visión sobre la fe, la política y la educación; Laplace matematizó el universo; Lavoisier formuló el principio de conservación de la materia y Olimpia de Gouges se inmortalizó al ser ejecutada por su publicación los derechos de la mujer y la ciudadana”. En Alemania, Immanuel Kant fue autor de un vigoroso criticismo filosófico y su epistemología ecléctica entre el racionalismo franco-alemán y el empirismo inglés fue un enfoque depurado en la concepción de nuevas formas de pensar, preparando el camino a la concepción dialéctica del mundo de G. W. F. Hegel. En Inglaterra, Cavendish estudió la composición del agua y el escocés Adam Smith hizo de la economía política una ciencia independiente. Los axiomas matemáticos, las propiedades químicas,  las leyes físicas y las teorías filosófico-políticas provocaron un impacto profundo en la conciencia universal del género humano.

Las ideas económicas, políticas y jurídicas de los pensadores en el siglo de las luces nutrieron ideológicamente la Guerra de Independencia de los Estados Unidos de América y la Gran Revolución Francesa de 1789. Estos sucesos marcaron históricamente el fin del Antiguo Régimen, el derrocamiento de la clase aristocrática y el ascenso al poder de la burguesía como clase social pujante en el contexto de nuevas fuerzas económicas que se desencadenaron al izarse la bandera de la libertad en todos los terrenos. Los sistemas jurídicos se verían modernizados con el Bill of Rights y el Government Act de los Estados Unidos de América. Francia aprobaría la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, antesala de la codificación jurídica de la era napoleónica. El fin del Antiguo Régimen determinó el tránsito a la Edad Contemporánea con nuevos retos por delante.

LA RAZÓN FILOSÓFICA EN LA ACTUALIDAD: EL NUEVO MILENIO

El advenimiento del nuevo milenio volteó la página del último siglo del viejo milenio con sus guerras mundiales, sus revoluciones sangrientas y sus crisis económicas. La humanidad no arrostró nada “sobrenatural y apocalíptico” más allá de incidentes anómalos pero superables como el llamado “virus del año dos mil (Y2K)”. A la par de la ola de producción industrial en una etapa más avanzada del capitalismo –globalizando el vehículo automotor, la radio, la televisión, el teléfono convencional e inclusive las armas de fuego– cobró fuerzas una nueva ola cuyo avance indetenible ha cambiado radicalmente el modo de vida de las personas: la «revolución tecnológica». Los Colt, los Wright, los Edison y los Ford se metamorfosearon en los Jobs, los Gates, los Wozniak y los Zückerberg, para ser emprendedores de una era digital –simbólicamente resumida en el @ o en el.com– que ha transformado los hábitos de la postmodernidad, desde la vida íntima hasta la vida laboral.

De pronto los genios como Alan Türing son rescatados de su anonimato por ser fundadores de la Informática, ciencia hija de nuestro tiempo. Las aeronaves vuelan a velocidades superiores al sonido y los monumentales rascacielos se levantan desafiando la ley de la gravedad y los movimientos telúricos del suelo. El celular, la computadora y el internet desataron un descentralizado flujo de información nunca antes visto, creando una realidad virtual en la que en cuestión de segundos se comparten millones de datos en un universo micro-electrónico. Ahora vivimos el boom de las aplicaciones digitales. El día a día del individuo contemporáneo, bajo el imperio de colosales corporaciones comerciales y financieras, nunca fue más rápido, estresante y automatizado en nombre del progreso cuyo péndulo oscila entre el espíritu de empresa y el trabajo asalariado. Todo marcha a mil por hora en los enmarañados negocios financieros de Nueva York, las aparatosas plantas ensambladoras de Dublín y los gigantescos centros comerciales de Pekín. Somos parte de la vorágine de la mundialización, vista como interdependencia, interinfluencia e intercomunicación de todas las naciones, economías y culturas del mundo.

En este clima agitado de postmodernidad, con el slogan invisible “no piense…, sólo obedezca, trabaje y compre”, la Filosofía reaparece como refugio a tanto frenesí. Ella se nos presenta como oasis de ideas para la mente curiosa y valiente  que necesita una visión integral del mundo a pesar de la tendencia a la especialización (laboral, profesional, técnica, científica, etc.). Hasta aquel que sólo usa su sentido común se ve tentado de formular generalizaciones sobre lo que pasa a su alrededor. La llamada “opinión pública”. En esta sociedad líquida de la que habla Baugman, el amigo de la sabiduría pareciera no encajar en el modus vivendi acelerado que promociona hasta la embriaguez al pulcro ejecutivo de saco y corbata como modelo para “ser alguien de éxito en la vida”. Frente a la dictadura de la plutocracia en que vivimos el filósofo de corte clásico se muestra homo rebelde al dogma secular, unidimensional y alienante de que la vida consiste única y exclusivamente en el éxito material, la acumulación de dinero y riquezas, cueste lo cueste, por el bien o por el mal, fas per nefas.  De ahí que las cosas no marchen tan bien como los sabios han previsto, pues la infame divisa “todo para mí, nada para el resto” esta encriptada en el comportamiento de las clases plutocráticas que monetizan nuestra existencia, clases que han acumulado poder y dinero en formas insospechadas, movidas por un egoísmo anti-smithiano que conduce frecuentemente al mal común.

La vida en su totalidad (el yo y el mundo) es demasiado importante para no pensar en ella. Después de todo somos pensamiento que se piensa a sí mismo. Somos uno con el cosmos. Si cada uno se viese en unidad con el otro a pesar de las contradicciones, entonces otro mundo fuera posible. En este sentido, debemos apropiarnos de las enseñanzas de los grandes maestros de la humanidad por más que las ideologías de moda hagan ocultamiento o adulteración de la sabiduría potable. La buena sabiduría se nos vuelve valiosa en un medio donde la subversión total de los valores ha hecho que nuestra capacidad de autodestrucción no tenga límites: la guerra, el terrorismo, el delito, la drogadicción, la intolerancia, la discriminación, la codicia y la explotación se nos presentan como aberraciones de la conciencia individual y colectiva del ser contemporáneo que parece aspirar más a una distopía que a una utopía. De ahí que esté justificado que cada cierto tiempo erupcione un movimiento de impacto sociocultural inspirado por tendencias filosóficas que traiga civilización y progreso a partir de ciclos de crisis o épocas de obscurantismo. La Historia demuestra que la Filosofía y la Ciencia tienen el potencial para acabar con las Edades Medias. ¡Qué sería de la humanidad sin filósofos ni filosofías!

Nuestra capacidad de autodestrucción sólo es contrarrestada por nuestra capacidad creadora. Basta con asombrarnos y ser conscientes del largo camino que hemos tenido que recorrer para ser la especie terrestre tecnológicamente más avanzada: desde el homo erectus en su estado primitivo, temeroso de la naturaleza que le era desconocida; hasta el homo sapiens en su estado contemporáneo, capaz de observar con rigor científico la galaxia local con un telescopio de alto poder. Podemos decir con propiedad que algo hemos hecho como género humano si nos detenemos a pensar en nuestra evolución. Pasamos de la escritura cuneiforme al dispositivo portátil con interfaz gráfica. Nuestro potencial heurístico e investigativo nos ha llevado al estudio de las galaxias, los cuerpos celeste, los agujeros negros, las neuronas de nuestro cerebro; el genoma, los quarks y el bosón de Higgs. La mente humana desea estudiar lo que esté a su alcance: el microcosmo y el macrocosmo. 

Invención e innovación como atributos de la mente humana son las ruedas del progreso científico-tecnológico actual.. Cada nuevo artefacto es el resultado de innovaciones y transformaciones de las ideas en las cabezas de los individuos y a su vez cada innovación e idea transformadora está motivada por inventos revolucionarios.  Si ayer fue el motor  de combustión interna, hoy es el motor eléctrico, mañana podría ser el motor de hidrógeno. La razón filosófica en el nuevo milenio no puede pasar por alto ni prescindir del sorprendente progreso científico-tecnológico, pues el pensamiento científico que brotó del pensamiento filosófico es otra etapa de la realización del logos. La abstracción, la especulación y la imaginación suelen ofrecer respuestas válidas ahí donde la observación, la experimentación y la verificación no tienen inferencias concluyentes. No queda duda que cuando la Filosofía y la Ciencia convergen se generan resultados que aproximan satisfactoriamente la mente curiosa y valiente a la verdad y esencia de las cosas.

EN TORNO AL MOVIMIENTO FILOSÓFICO DE AMÉRICA LATINA

Compartimos la intuición de que América Latina es terreno fértil para la Filosofía. El ser latinoamericano puede y debe liberar a su Prometeo encadenado para convertirse en protagonista de su progreso emancipándose de las fuerzas del obscurantismo que se mantienen al asedio. De lo anterior resulta la siguiente pregunta: ¿hemos tenido o tenemos un movimiento sociocultural nutrido de inspiraciones filosóficas como los vistos en la historia eurocéntrica? A nuestro pensar, no todavía. La historia no repite acontecimientos ni fenómenos mecánicamente, aunque pueden acaecer de modo similar en condiciones históricas diferentes (a Hegel se le atribuye haber dicho que todo lo que sucede en Europa deviene en América).

Lo que podemos decir a nuestro favor es que el ser latinoamericano ha comenzado a reflexionar sobre su origen y destino como un paso adelante en la construcción de una identidad intelectual latinoamericana. El latinoamericano ya se siente en posición de discurrir sobre los grandes logros y los graves errores que han cometido los países que han regido el orden mundial. De capitalizar las lecciones de la sabiduría e historia eurocéntrica e ir consolidando un patrimonio intelectual panamericanista, podríamos despertar más pronto que tarde de nuestro letargo en el devenir histórico, máxime cuando el viejo continente en general y Grecia en particular están experimentando ciclos de crisis que contrastan con su sabiduría ancestral. 

La Reforma Universitaria a partir del «grito de córdoba» fue un fenómeno sociocultural latinoamericano de amplia resonancia liderado por el movimiento estudiantil que buscó la modernización institucional y académica de la universidad latinoamericana a partir de su ruptura con el modelo colonial. En Argentina se destacó la figura de Gabriel del Mazo como líder de un movimiento que nombró maestros de la juventud latinoamericana a intelectuales y escritores como Alfredo Palacios, José Vasconcelos, Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui, José Ingenieros y Eugenio María Hostos, quienes junto a Juan Montalvo, Rubén Darío, José Martí, José Enrique Rodó, Francisco Romero, Leopoldo Zea Aguilar y Ernesto Sábato alcanzaron la categoría de literatos y pensadores latinoamericanos autores de obras de connotada independencia cultural y originalidad intelectual (nos disculpamos por no mencionar a todos lo que merecen ser mencionados).

La filosofía de la liberación, la pedagogía del oprimido y la teoría de la dependencia son algunas de las propuestas intelectuales más interesantes que han surgido como esfuerzo autóctono de explicar y cambiar la realidad latinoamericana concreta. No obstante la cosmovisión filosófica no ha podido echar raíces profundas en nuestras tierras como sí lo han hecho las cosmovisiones religiosa y artística. En ciencias son poco los que han destacado, por ejemplo, el argentino Luis Leloir, ganador del Premio Nobel de Química por sus estudios sobre los nucleótidos y su función en los hidratos de carbono.

El activismo político y/o partidario, la devoción religiosa, el sentido artístico y las costumbres folclóricas, constituyen el alambique que pareciera definir al latinoamericano que heredó el sentimiento de lucha tenaz, el tributo, la devoción, la laboriosidad, el canto, la apreciación de la naturaleza y otras virtudes similares de su reciente pasado indígena que se hibridó con el europeo, sin que el pensamiento, el estudio, la invención y la innovación hagan fecunda implosión todavía. Filosofía y Ciencia importan para el latinoamericano lo que el latinoamericano aporta a la Filosofía y la Ciencia. Sin embargo, no son pocos los que tenemos la fuerte convicción de que esto se revertirá. Tenemos la grandiosa oportunidad de trascender y compensar nuestra joven independencia ahuyentando el complejo de colonia que nos atormenta.

Los latinoamericanos debemos preocuparnos por desarrollar nuestras propias ideas progresistas y darle seguimiento a lo producido por generaciones brillantes que han tomado la iniciativa de pensar y crear en México, Argentina, Brasil y Chile, aún en medio de violentas realidades de crimen organizado, corrupción, desigualdad social y pobreza extrema. América Central en particular no podría estar en una situación más rezagada y sería irracional en grado superlativo que continuara en una dirección distinta a la ruta del pensamiento, el estudio, la invención y la innovación.

Si las cosmovisiones religiosa y artística predominan todavía en el espíritu latinoamericano, entonces la intuición compartida por muchos, podría verse confirmada en el supuesto que hagamos de nuestro propio ir y venir del mythos al logos un verdadero movimiento filosófico de impacto sociocultural que sea motor de progreso y símbolo de civilización en nuestras sociedades de raíces indoamericanas. Recordemos el proverbio que dice “nunca se puso más oscuro que antes del amanecer”. Tómense éstas últimas líneas como una invitación directa al lector para que sea artífice y partícipe de ese idealizado movimiento latinoamericano que continúe el trabajo de los pensadores que nos precedieron y acoja el binomio Filosofía – Ciencia como antorcha olímpica en la superación de ciclos de crisis. La realización de la virtud y el genio latinoamericanos, como elevación de su propia conciencia en el curso de la historia universal, demostraría una vez más el vigoroso resurgimiento de la Filosofía.


Lic. Marco Aurelio Peña Morales 

Dirección de Estudios Económicos & Sociales Polimates 

marcoaurelio@polimates.org

@MarcoAureli2012 

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